Foráneos de paso por Santeña: Titiriteros, charlatanes y comediantes



 Durante los años del hambre, eran muchos los personajes que desfilaban por el pueblo, en su mayoría procedentes de las ciudades. Venían a las poblaciones pequeñas buscando el pan de cada día sabedores de que sus gentes son caritativas y solidarias, algo que no ocurre generalmente en las grandes urbes.

 Empujados por el hambre, se desplazaban con sus títeres o polvos milagrosos, o con todo aquello que la necesidad les hacía imaginar, sabedores también de que, en las zonas rurales, la gente es excesivamente crédula y se deja engañar con facilidad sobre todo si se les trata con gracia y palique. Las fórmulas y técnicas que utilizaban para granjearse la voluntad del público eran dignas del mejor elogio. Y es que, con un público donde había más manos dispuestas a recibir que a dar, (pues, en su mayoría, eran tan menesterosos como ellos mismos), para que la limosna en metálico o en especie se desprendiera del espectador, la actuación tenía que deslumbrar por alguna parte. Unos se hacían pasar por ciegos y, acompañados de su lazarillo, recorrían las calles implorando caridad en nombre de Santa Lucía, la santa de la vista que tan mal se había portado con ellos. Otros, a bombo y trompeta, se anunciaban como saltimbanquis consumados para atraer a la gente a la plaza donde, sobre una manta descolorida y rota o en el suelo pelado, daban una sesión de piruetas y contorsiones más o menos acertadas, aterrizando con frecuencia de mala manera y dejando en su cuerpo las marcas de su impericia. (Cuando esto ocurría, alguno de la trupe confesaba que el malhadado artista llevaba un par de días sin probar bocado y que las fuerzas lo habían traicionado, “que no su arte, ¿eh?”). Al final del espectáculo, siempre caía alguna perra gorda, un pedazo de pan o unos higuillos apolillados, -que, aun así, algún valor energético tenían-.

 Un visitante asiduo de nuestra población fue cierto pelajustrán, demacrado y enjuto, que se declaraba aquejado del mal de sambito (San Víctor) debido, según decía, a los veinte años que había trabajado en las minas de Almadén. El afectado mostraba en la palma de la mano un poco de mercurio recogido de un termómetro roto para decir a la concurrencia que de aquella sustancia tenía él cantidades enormes en la sangre y que, “lo mismo que el mercurio no se puede estar quieto porque por eso es mercurio”, tampoco él podía ya que la sangre le bailaba dentro de las venas. La gente, curiosa, le preguntaba que cómo dormía entonces, y él decía que se echaba en el suelo o en la cama, pero que su cuerpo seguía temblando igual que cuando estaba despierto. Y, para hacer ver al público lo extremado de su mal, el comediante no dejaba de temblar con todo su cuerpo ni de dar pequeños saltos lo que, en vez de lástima, provocaba risa y cachondeo. Pero el momento realmente divertido de la sesión era cuando alguno de los circunstantes se sacaba del bolsillo una moneda para socorrerlo. El buen señor, -no se sabe si de alegría al ver el metal o simplemente para hacer más patente la gravedad de su estado y mover así la voluntad del resto de la concurrencia-, en su intento por recoger la limosna, iniciaba el camino hacia el benefactor con la mano extendida, pero en seguida era desviado de su trayectoria por la fuerza del terrible mal; entonces intentaba orientarse de nuevo, pero el cuerpo se le iba en otra dirección y así podían pasar minutos. El espectáculo duraba hasta que el espontáneo limosnero quedaba satisfecho. Entonces se le acercaba y le ponía la moneda en la mano. Naturalmente, en cuanto trasponía por el puente Las Gitanas, San Víctor lo dejaba en paz y el gaznápiro recobraba la normalidad. Que duraba lo que tardaba en reponer fuerzas comiendo y descansando debajo de algún árbol hasta llegar a Alhama a montar el mismo espectáculo.

 Mientras estos pícaros permanecían en el pueblo, rara era la noche que no desaparecían gallinas de los corrales, verduras de las hortalizas y hasta bestias2 de las cuadras. O pan de la panadería. El modo de robar el pan era de lo más curioso. Según contaba el molinero Juan Serrano3, cada día, por la mañana, se cargaban las bestias para hacer el reparto por el pueblo y los cortijos. Los forasteros aguardaban escondidos en las gambulleras y, mientras entraban los mozos por más mercancía para completar la carga, desaparecían tres o cuatro panes del serón.

Estos métodos de picaresca eran corrientes; pero los hubo también sutiles y refinados como el que pasamos a relatar

 Conocedores de la religiosidad popular y de la buena disposición del campesino hacia todo lo que tiene que ver con ‘las cosas de Dios’, algunos se presentaban en cortijos y aldeas caracterizados y vestidos a la manera de las pinturas y esculturas que representan a Jesucristo y a los santos y que, en aquellos tiempos, podían verse en las iglesias y en los cuadros de la mayoría de las casas. Tales personajes hacíanse llamar “peregrinos” o “salvadores de almas” y, en su haber, tenían una retahíla de oraciones y gestos que, a la menor ocasión y por el menor motivo, soltaban y mostraban de manera casi mecánica, lo que no dejaba de asombrar al vulgo. Como tales peregrinos no sólo pedían comida sino asilo, a veces incluso para estancias largas ‘con objeto de poder explicar su doctrina a los que quisieran oírlo’, nunca faltaban personas de buenos sentimientos que los acogían en sus casas, dejándoles por lo general la mejor habitación, obsequiándolos con lo mejor de la despensa y hasta desprendiéndose de lo que ellos necesitaban, todo para congraciarse con aquellos hombres de Dios y conseguir así los bienes espirituales y materiales que ellos prometían a cambio de la caridad recibida.

 Y fue el caso que, una tarde de verano, se presentó en Las Solanas, -cortijo, hoy en ruinas, próximo al barranco Las Canales-, uno de esos peregrinos con todas las características que los hacían inconfundibles. Decía llamarse Santo Custodio y venir en nombre del Padre Eterno a adoctrinar a aquellas gentes para que pudieran merecer todos los bienes de lo alto. Fue el hombre muy bien recibido por las familias que allí vivían y tratado con toda la bondad que su santa misión demandaba. Se le aposentó en un cuarto adecentado para el efecto, se le puso una palangana con agua, jabón y toalla, para que pudiera quitarse el polvo y el sudor que traía pegados al cuerpo; se le ofrecieron unas alpargatas limpias para que sus pies pudieran descansar de las piedras del camino y hasta alguna fervorosa ama se brindó a peinarle con saragatona la larga cabellera, sudorosa y algo descuidada, que le caía sobre los hombros y que le daba un aspecto nazareno bastante atractivo. Todo lo aceptaba de buen grado el santo peregrino y mil veces les dio las gracias en nombre de su Padre Eterno, que lo había conducido a lugar tan acertado. Pero como el pasajero lo que traía era un hambre descomunal, a la primera sugerencia de si quería tomar algo contestó que sí, que venía estragado porque hacía un calor de infierno y no había visto en todo el día un alma que pudiera socorrerlo; aunque dejó claro que, antes de tomar bocado, tenía que consultar a su Padre pues no podía hacer nada sin su beneplácito. Y sin más preámbulo, se puso de rodillas, bajó la cabeza hasta tocar el suelo, luego la levantó y miró al cielo, a continuación se contorsionó dibujando en su rostro una mueca de dolor, musitó algo entre dientes, y, finalmente, se puso de pie y se sentó en la silla que le habían acercado. Aquella noche fue olla con abundante tocino y unas alcaparras en vinagre. Comió con voracidad y tal vez demasiado pero la circunstancia lo explicaba, y, después de despedirse con tantas otras reverencias de los hospitalarios cortijeros, se marchó a la cama. A la mañana siguiente, habiendo observado que allí había suficientes familias como para mantenerlo durante días, preguntó humildemente si podría prolongar su estancia con el fin de explicarles en profundidad y detenidamente su mensaje divino sin interferir en el ritmo laboral del cortijo, que, por aquellas fechas, era muy intenso. Añadió que, de acceder a su ruego, aquellos caritativos cortijeros podrían conseguir mayor número de bienes terrenales y espirituales tanto por la buena acogida que le habían dispensado como por el sacrificio que su pupilaje les estaba ocasionando. Los ingenuos y bienpensados campesinos no pusieron obstáculo a su petición y, de esta manera, nuestro cuco impostor estuvo varios días en el cortijo alternando las horas de descanso con las de adoctrinamiento, que tenían lugar en la era a la caída de la tarde.

 Pero notando al cabo de dos o tres días que el menú no variaba un ápice y presintiendo que en las cámaras, cerradas con llave, debían de guardarse lustrosos jamones curados y suculentas orzas repletas de lomo, chorizo y queso de la mejor factura, -pues tales friandises, según él, nunca faltaban en los cortijos-, un día, al acercarse la hora del almuerzo, manifestó el Santo con cara compungida que, desde su llegada a aquel lugar bendito de Dios, estaba faltando a un deber suyo muy estricto, a saber, el de pedir consejo al Padre Eterno sobre lo que podía o no podía comer cada día; aseguró también que dicha negligencia tenía que ser la causa de ciertos ruidos de tripas y ciertas ventosidades inmundas que le habían acometido últimamente, y que, con la venia de los allí presentes, iba a consultar a su Padre sobre el particular. Como era su costumbre, se arrodilló pausadamente en el suelo, hizo la inclinación profunda, puso los ojos en blanco, musitó algo entre dientes, aguardó unos instantes y, luego, volviendo a la realidad, dijo con voz queda como quien pide perdón por alguna falta involuntaria:

––“Me ordena mi Dios que hoy coma tres chorizos en pringue, dos huevos fritos con muchos ajos y un trozo de lomo. De postre, un vaso de leche fresca”.
Uno de los gañanes que, desde el primer día, tuvo sus dudas sobre el fingido salvador de almas, al oír el menú que el sujeto acababa de encargar, no pudo contenerse y, enarbolando una horca que tenía en las manos, dijo a voz en cuello:
––“Pues si tu Dios te ordena que te comas media matanza, el mío me ordena que salgas ahora mismo echando humo si no quieres que te ensarte con esta herramienta”.
El farsante, al ver al cortijero irse hacia él con el arma levantada y con intención de dejarlo convertido en un pinchito moruno, salió a todo correr, perdiéndose por el pedregoso y polvoriento camino por donde había venido días antes, sin atreverse siquiera a mirar para atrás.
––“¡La madre que lo parió!”, -continuó el gañán, riendo; -“en to er tiempo que llevo aquí no he comío na más que ollas y gazpachos; y viene er quebrao ese y quiere arramblar con lo poco que tenemos”.
Todos, hasta los más crédulos, se reían de lo ocurrido, pues comprendieron que el santo peregrino no era más que un pillo de los muchos que andaban por entonces, dispuestos a vivir sin dar golpe, aprovechándose de la ignorancia y de la buena voluntad de la gente.

1 Una mula de Vicente el de Los Álamos.
2 Que tenía el Molino de arriba, junto a la casa de Los Pinta.