Destinos trágicos en Santeña: La señá Clotilde



 Venía de fuera y vivía con la que había sido su criada. Y vivía con ella porque no tenía nada. Pero se querían tanto y había sido tan buena ama, que cuando el infortunio llamó a su puerta, fue la criada, una santeñesa de buen corazón, quien le dijo: “Señá Clotilde, yo no tengo nada más que una casilla en el pueblo, pero si usted quiere, se viene allí y, con la ayuda de Dios, iremos tirando”. Y así fue como la señá Clotilde vino a parar a Santeña.

 La señá Clotilde había nacido en la capital, de familia acomodada que le dio educación y cultura. Pasó por buenos colegios y cuando estuvo en edad de casarse, lo hizo con un militar que, con el tiempo, llegó a desempeñar un alto cargo en el ejército. Esto supuso para la pareja un nivel de vida muy distinto del que era habitual en los años previos a la guerra. Doña Clotilde vivió rodeada de bienestar y de personas que le hicieron la vida fácil y agradable. Pero la situación del país se agravaba día tras día, las huelgas y actos sangrientos se sucedían en las grandes ciudades y, dentro del ejército, había fisuras que no presagiaban nada bueno. Su marido veía venir los acontecimientos y cuando Franco dio el golpe de Estado, él fue uno de los que lideró la oposición. Pero murió en el frente y, con la guerra perdida, su viuda no podía quedar en peor situación. Inmediatamente le fue retirada la paga y la despojaron de todo cuanto podía haberle ayudado a sobrevivir. Sin el sueldo del marido, la mujer tuvo que vender lo poco que conservaba, y, con los ingresos de la venta, logró todavía mantenerse por algún tiempo en la capital con su fiel criada. Pero la vida en la ciudad era cara, el peligro mayor y los recursos tocaban fondo. Además, una persona nada acostumbrada a luchar en la vida y, encima, entrada en años, no tenía otra opción que dejarse morir de hambre y de vergüenza en el más completo anonimato.

 Su criada, que vivía el drama tan de cerca, le ofreció lo que tenía. Y la señá Clotilde, confiando en lo que tantas veces le había dicho su fiel criada -que, en los pueblos, nadie se muere de hambre porque la gente es caritativa, al contrario de lo que pasa en la capital-, en cuanto la situación se hizo insostenible, no lo dudó. En un vagón de tercera acomodaron sus escasas pertenencias y, después de una noche de traqueteos y cabezadas contra la madera de los asientos, llegaron a Granada y de allí se trasladaron a Santeña.

 A otro día, toda curiosa y expectante, la señá Clotilde se asomó a la puerta. Al pasar por delante de la casa, los paisanos miraban extrañados de verla abierta después de tantos años. Ella les sonreía y hasta les hacía un leve saludo con la cabeza, esperando ver en aquella gente algún rasgo que confirmara lo que su criada tantas veces le había dicho. Pero lo que observaba era mucha timidez y mucha miseria. Pasaban hombres, mujeres y niños con vestidos rotos o remendados, medio descalzos y con todas las privaciones dibujadas en sus rostros. Y la señá Clotilde se preguntaba qué podría dar aquella gente que tan menguada parecía de todo.

 Entraron algunas vecinas a saludar a la paisana y ésta, gustosa, les presentaba a su señora contándoles cómo los fascistas habían matado a su marido, que era un pez gordo del ejército, y cómo Franco le había quitado todo lo que tenía, hasta la paga, obligándolas a venirse a vivir a Santeña porque su señora ya no podía costear la vida de la capital. Las visitantes miraban a la infortunada señora con ojos de conmiseración y, a su vez, le contaban sus cuitas, pero terminaban siempre animándola y diciéndole que en el pueblo había mucha hambre y muchas faltas, pero que, un pedazo de pan que hubiera, era de todos. Y la buena mujer les daba las gracias y hacía los más cariñosos elogios de su criada, a la que confesaba querer como a una hija ya que tan buena había sido siempre con ella.

 El día a día empezó a correr y, con los ahorrilllos que habían traído, hacían cábalas continuamente para no salirse ni un céntimo de la cantidad diaria calculada. Compraban unos gramos de esto, unos gramos de lo otro, y siempre esperaban que alguien llamase a la puerta para obsequiarlas con alguna verdura de la huerta o con algo de matanza. Lo que ocurría, pero no a menudo. Lo más frecuente era que vinieran a llamarlas para salir al campo a buscar cardos, collejas o hinojos; o a rebuscar trigo en los pojares para cambiarlo por harina o garbanzos y hacer una olla, plato éste de los más sustanciosos a los que se podía aspirar. Porque el pan era otro cantar. Como es de todos sabido, en los años calamitosos que siguieron a la guerra, nuestros campos, depauperados por el abandono y maltrato de que habían sido objeto durante la contienda, apenas daban trigo para acallar las bocas de unos cuantos privilegiados, pero el pueblo se moría de hambre. El poco pan de trigo que se amasaba era en la clandestinidad y bajo el terror de la temida fiscalía; en consecuencia, los precios estaban por las nubes. Y una alimentación continuada a base de hierbas y caldivaches ponía los estómagos como un tambor, tambor que, al vaciarse, se convertía en trompeta.

 Una tarde venía de la tahona una mujer con unos sabrosos panes en una canasta tapada con un paño para despistar, pues no podía airearse el artículo. La señá Clotilde, que se hallaba en el tranco de la puerta intentando matar dos pájaros de un tiro, el tiempo y el hambre, al verla pasar con aquel hato a la cadera, debió de intuir que algo bueno se ocultaba dentro, y venciendo su natural cortedad, se dirigió a la mujer y le preguntó en voz baja:

––“¿Qué lleva usted ahí, señora?”
La paisana se detuvo y le contestó en el mismo tono:
––“Pues mire usted, señá Clotilde, unos panes que traigo de la tahona”.
Al instante, la forastera recreó en su imaginación unas hermosas hogazas, blancas y crujientes, y sintió cómo la boca se le hacía agua. Aquel ordinario manjar estaba ya tan lejos de todos sus sentidos, que la buena mujer no pudo contenerse.
––Ay, ¿por qué no me los enseña usted para que siquiera los vea?”,
-rogó con voz desfallecida y suplicante.
 
 La mujer levantó un pico del paño que los cubría y le dijo:
––“Coja usted uno”.
La señá Clotilde se lanzó a la canasta y cogió una hogaza grande, redonda y caliente todavía. Se la acercó a la nariz y la olió como si el olor pudiera alimentarla.
––“¡Dios mío, qué gloria de pan!”
Y en seguida la depositó en la canasta. La mujer le repitió:
––“Cójalo. Es para usted y su criada”.
––“No, por Dios, de ninguna manera. Yo no quería quedármelo. Era sólo para verlo y olerlo”, -decía la buena mujer, avergonzada y con los pocos colores que le quedaban a flor de piel.

 
Cójalo. Es para usted y su criada.
 
––“Ya lo sé, señá Clotilde. Pero es que yo se lo doy. Cójalo y se lo comen ustedes. Si pudiera darle más se los daría, pero tengo una casa de familia y un negocio. Y ya sabe usted cómo están los tiempos”.
 La señá Clotilde se resistía a cogerlo. Entonces la mujer se acercó a la puerta de la casa, dejó la canasta en el suelo, cogió el pan y lo puso en manos de la hambrienta forastera, forzándola a quedarse con él. La señá Clotilde se emocionó y decía:
––“Que Dios la bendiga. Es usted un alma caritativa. Dios se lo pagará”.
Y entró llorando.

 La paisana se cargó la canasta y siguió calle arriba, con lágrimas en los ojos también, mientras decía para sus adentros; “¡Dios mío, lo que hay que ver!”

 Como tantos otros, la señá Clotilde murió poco después. De hambre y de humillación.