Agustín Molina, nuestro inolvidable primer maestro



Puede que a algunos no nos quede nada en el recuerdo del primer día de escuela. Tras la feria de septiembre, a los pocos días se producía el inicio del curso escolar en todas las Escuelas denominadas Unitarias en Alhama. Dos las del Paseo y otras dos las de La Joya, para niños. Pero lo que creo que no hemos olvidado jamás, por muchos años que han pasado, fue a nuestro primer maestro o maestra, cuando se trata de las dedicadas a las niñas. En mi caso, aunque el titular de la escuela era don Juan López Villén, ejerció más de maestro conmigo y tantos compañeros Agustín Molina Jiménez.




 Recuerdo aquel primer día de escuela. La tarde antes preparé mi cartera, claro está que bajo la indicación y supervisión de mi padre. Al día siguiente, creo que hacia las diez menos cuarto -vivíamos al principio de la calle Fuerte, en el denominado “El rinconcillo-”, de la mano de mi hermano Félix Luis -él tenía siete años y tres meses y a mí me faltarían cuatro meses para cumplir los seis-, siguiéndonos nuestro perro, Bobby, partimos para la escuela cuyas ventanas daban al entonces conocido como Paseo de Abajo o La Carrera, oficialmente, entonces, Paseo del Sagrado Corazón de Jesús.

 Serían las diez menos unos minutos cuando entramos y yo al ver a tantos chavales de diversas edades me quedé algo cortado, sentándome en el extremo del banco exterior de la larga mesa que había a la izquierda y en la que se sentaban, al menos, entre quince y dieciocho alumnos, luego tres filas de bancas para dos alumnos cada una ocupaban toda la clase con la gran tarima y mesa del maestro en el centro y dos enormes pizarras, situadas a cada uno de sus lados, y en la parte de la derecha de la entrada una pizarra más pequeña sobre un caballete y varios bancos para dos o tres personas. Por distintas partes mapas grandes. El número total de alumnos debía superar el de cincuenta.

 Recuerdo que permanecí en el extremo de aquel largo banco bastante tiempo, o mi así me lo pareció, mirando curiosamente para el resto de la sala y dando la espalda a la gran mesa con la cartera sobre mis piernas y las manos apoyadas sobre la cartera. No sé cuanto tiempo estuve así, lo que observaba es que cada uno se iba sentando en un banco concreta y a algunos era Agustín quien les decía en cuál de los asientos de ellas. Hasta que se acercó a mí y llamándome por mí nombre me dijo que fuese con él. Le seguí y cuando llegué al pie de la gran tarima me indicó que me sentase en el asiento de la derecha de la primera banca de la fila central, la que era más pequeña que cualquier otra banca, donde tendría por compañera a una de las hijas de don Juan, única niña en toda la clase. Esta sería mi banca durante varios cursos más, compartiéndola también, en cursos posteriores, con Encarni Maya Maya y con mi inolvidable amigo Salvador Cortés Guerrero.

Agustín Molina Jiménez, mi primer maestro, y Manuel Vinuesa Jiménez del Barco, mi primer profesor

MANUEL VINUESA, PRIMER PROFESOR

 Antes de entrar en volver una vez más -y cuantas hagan falta mientras viva- a hablar de mi maestro Agustín, Agustín Molina Jiménez, en esta semana del inicio del curso para los más pequeños, quiero recordar también a quien hizo más de profesor nuestro que de maestro años después, como fue Manuel Vinuesa Jiménez del Barco -a quien corresponde un “Volver al ayer” oportunamente-, entrañable amigo de que tampoco se me va de la memoria, por ello, una vez más, estará constantemente presente en mis palabras, como lo está igualmente en mis sentimientos. Y otra sincera aclaración, aunque esto sea escrito mío, sé, y muy bien, que son decenas y decenas de amigos y compañeros de escuela de Alhama, los que al unísono, con todo su afecto, se han acordado siempre de ambos. Todo esto es posible porque, precisamente, como Agustín decía y practicaba, y nos enseñó -que fue lo transcendental-, las lecciones bien aprendidas son aquellas que justamente no se olvidan, por lo que nos hemos aplicado en no olvidar cuanto de noble y elevado recibimos de ellos como maestro, profesores y personas.

 Creo, con la mayor sinceridad, que nos enseñó para no olvidar, en el positivo sentido del que hablamos, y que jamás, a pesar de los años transcurridos y de los múltiples avatares y circunstancias por los que han ido atravesando nuestras vidas, nosotros no hemos olvidado, concretamente en el mejor sentido humano.

  Jamás he olvidado que, contando yo algo más de cuatro años, cuando nos trasladamos a la casa de la calle Fuerte, ya iba por ella Agustín a dar clase a mis hermanos León Felipe, Juan Manuel y Félix Luis, que ya evidenciaba una inteligencia muy bien dotada para su edad, ni cuando éste y yo, los menores, en verano íbamos a la escuela que abría por las mañanas en su casa natal, en calle San Matías, donde vino a este mundo el 6 de julio de 1924. En la vida tuve la dichosa fortuna de que fue mi primer e inigualable maestro en los primeros años de mi vida, tanto en los años escolares como en los primeros de Bachillerato Elemental. La dedicación, interés y exigencia que en esto ponía mi padre, quien años atrás había tenido una academia, junto con don Claudio y otros profesores, en la que muchos jóvenes alhameños pudieron prepararse para ir sacando el Bachillerato, entonces uno y contando con siete cursos. Por lo que el elegir a Agustín como profesor y maestro para sus hijos, no sería nada circunstancial o para salir del paso. Sabía de su excepcional inteligencia, preparación y cualidades para la enseñanza. En más de una ocasión, recurriría a él, por ejemplo, para contrastar con total rigor la traducción de algún texto histórico escrito en latín, lo que Agustín dominaba perfectamente, por sus años de estudio en un centro religioso.

INOLVIDABLE RECONOCIMIENTO

Los homenajeados recibieron copia reducida de la placa que se les descubrió


 A finales de los años noventa del siglo pasado, hablando de Agustín con compañeros de aquellos años escolares, comentábamos que cómo podía suceder, como así suele pasar, que habíamos dejado transcurrir demasiado tiempo para reconocerle de alguna forma, al igual que a nuestro inolvidable Manuel Vinuesa, nuestro afecto y gratitud imperecederas. Agustín vivió más que Manolo, éste murió el día 9 de septiembre de 2002, y Agustín, lo que aún no saben algunos de mis compañeros de niñez, se nos fue el 18 de diciembre de 2017.
 
 Por lo que el que nos reuniésemos muchísimos en agosto de 1999, después de tantos años, puso bien de manifiesto que ese cariño era de tal dimensión que ni siquiera el paso de casi cuatro décadas en muchos de los casos, pudo hacerlo menguar y, aún menos, desaparecer de los sentimientos de todos y cada uno de nosotros.
 
 El transcurrir de tantos lustros nos hizo a todos, al mismo tiempo que la vida nos ha ido dando otras muy diversas enseñanzas, comprender más justamente la enorme importancia que tienen las primeras lecciones que aprendemos, cuando se tiene la suerte de que el maestro o profesor que las imparte ya es una referencia en sí para que el alumno, especialmente cuando aún es niño, observe lo que es humanidad, solidaridad y generosidad.
 
 Así, a Agustín, por nuestra parte, el transcurrir de nuestras vidas sobre estos últimos sesenta años largos, lo que ha conllevado es recordarlo cada vez más, dándole a nuestra afectividad la magnitud emotiva que tan justamente le corresponde para siempre mientras vivamos, lo que no dejó jamás de crecer. De tal suerte que, cuantos hablamos de él para recordar sus enseñanzas, bien en aquella escuela del Paseo -la que puede que haya desaparecido del lugar que ocupaba pero que se ha quedado, y para siempre, en lo mejor de nuestros corazones-, o en “las academias” por las que pasamos, bien en las calles de Bermejas, San Matías, Las Peñas o en Portillo Naveros, damos fiel cumplimiento de la lección que nos enseñó y que hoy, siguiendo el dictado de lo mejor de nuestros sentimientos, reiterarnos desde donde nos encontremos, en nuestro pueblo, provincia, región, país o en cualquier otro lugar del mundo. Tiene alumnos repartidos por los cinco continentes, desde que nuestro admirado guardameta “Richard” se fue a Australia, en los años sesenta, no ha dejado de aumentar el número de compañeros alhameños que han partido a los países más lejanos.
 
 La lección magistral que nos dio es la elevada e inigualable de un gran apego que, en el correr de todos estos años, desde los mismos de nuestra niñez y primeros de juventud, no dejamos de retener en lo mejor de las memorias, a nuestra manera y constantemente. Es una enseñanza que comenzamos a captar entonces y que, todos y cada uno de nosotros, ha procurado, ¡Y de qué manera!, ir empollándola cada vez más para pronunciarla siempre que sea menester, con la seguridad de que ya, desde hace muchos lustros, al menos, dudamos si la aprendimos adecuadamente para no olvidarla.
 
 Como hace veintiún años con Cristóbal, nuestro querido Cristóbal Velasco Delgado, con el que compartimos pesares en los últimos años de vida y que se nos fue en mayo de 2015, y a mí, en aquel momento, nos tocó, ¡Bendito y hermoso honor!, el convocar el mantenido sentir unánime de todos hacía Agustín y Manuel. ¡Qué emotivo, sincero y hermoso resultó! Entonces, como después aquella carta, en la misma línea y expresión de sentimientos, volvimos a subirnos a la vieja tarima de nuestros recuerdos, la que sigue encontrándose entre las dos grandes pizarras, las del respeto y el afecto mutuo entre todos.

SENTIMIENTOS Y RECUERDOS

Un momento del Homenaje que se les rindió en Agosto de 1999, presidiendo el alcalde Paco Escobedo, y asistiendo la esposa de Manuel y la hija de Agustín, así como quienes lo organizamos, entre otros el recordado Cristóbal Velasco Delgado


 Dado que la lección no la hemos estudiado en estos últimos tiempos, sino que ha sido elaborada durante tantos años, prácticamente desde los días en que nos daban sus diarias clases, continúo contando con los apuntes que todos nosotros, sus discípulos, guardamos para cuando se producen estos momentos de sentimiento y recuerdo. 

 De esta manera, a la par de esa aportación conmovedora de muchos de los alumnos y compañeros míos de aquellos años, también me la vuelven a enviar, con un especial encargo de afecto hacia todos, Agustín y Manuel, estén donde estén. También tengo, ¡Y con qué hermosa caligrafía!, las nobles anotaciones que siguen permaneciendo en nuestros corazones de varios compañeros que, quizás como en pocas ocasiones, desean estar entre todos y cada uno de nosotros, en algunos casos de una forma profundamente inseparable. Así, al sentirlo de este modo, no justifico la ausencia del bueno de Tomás, el primero de vuestros alumnos que en plena juventud marchó a la Otra Orilla; ni la de mi hermano Félix-Luis, quien junto a vuestras lecciones de latín y francés, elogió vuestra humanidad, lección que jamás olvidó en los años que vivió; ni la de Bernardo Espejo Fernández, en todo momento lleno de dinamismo y siempre afectuoso; ni la de Lucas, con sus constantes ilusiones de viajar para algún día volver a estar aquí físicamente; ni la del sencillo y bueno de Pepe Lozano, que cuando nos veíamos hablaba también de vosotros; ni la Justo, nuestro siempre querido "Justillo", como con la grandeza del cariño lo llamábamos, del que Agustin jamás se olvidó aunque fueran pasando los años de su partida; ni la de el bueno de Paco Palomino Corpas, con su expresiva y sincera sonrisa de afectuosidad; ni la del noble Álvaro Molina Jiménez -como le decía a su hermano Carlos, “con los mismos apellidos que yo”- que le encantaba visitarte cuando volvía de vacaciones, ni la de Antonio López Castillo, o Pedro Martín Guerrero, o Pepe Sánchez Moreno, alcalde de nuestra Alhama entre 1883-87, ni la de Salvador Cortés Guerrero, mi buen amigo y compañero de aquella banca primera junto a la tarima, ni a ningún otro compañero más que, en estos momentos, nuestra frágil memoria, no le identifique pero que igualmente está aquí, en lo mejor del sentimiento de todos nosotros.
 
 Que estas palabras y recuerdos no nos sirvan para entristecernos en unos momentos en los que el afecto y la alegría de recordarnos todos juntos han de imperar. Y han de imponerse, entre otras razones más, porque, precisamente, de algún modo, venimos consiguiendo que los que definitivamente se marcharon emocionalmente continúen con nosotros, como sucedió con su esposa, bondadosa e inolvidable Mercedes, esposa y madre ejemplar.

CUANDO ME QUEDÉ ATRAPADO

Manuel y Agustín tras descubrir ambos la placa en la planta baja del Ayuntamiento junto al lugar que ocuparon las Escuelas del Paseo


  De esta forma, recordamos lo mejor de aquellos años, pues hasta lo que nos pudo ser duro y difícil en una que otra ocasión, hoy es ya, en nuestras memorias y corazones, hermosamente imborrable y, en algún caso, sumamente simpático. Por ejemplo, como me lo recuerda de tiempo en tiempo el chinche y querido Antonio Pérez Zayas -tan triste desde la partida de su siempre querida y excepcional Pili-, cómo voy a olvidarme yo de aquél día que, una vez más, estando castigado a no tener recreo, me escapé por entre los barrotes de la ventana y, al darse la voz de “a dentro a la escuela de don Juan”, con mis prisas y nervios, no realicé bien el movimiento físico que efectuaba para entrar por el mismo espacio entre barrotes que había salido y me quedé atrapado entre ellos, permaneciendo bastante tiempo y teniéndose que requerir los servicios de Polo, el de la fragua de Eduardo Montoya, agolpándose ante la ventana lo que para mí me pareció toda Alhama, aunque al final no hubo de intervenir el émulo de Vulcano pues cuando se disponía a cortar el barrote que me atrapaba encontré la posesión que me permitió liberarme, eso sí hacia fuera y ya jamás lo volví a intentar.
 
 Sí, éramos de la escuela de don Juan López Villén y de él guardamos igualmente un grato recuerdo, hasta de sus peculiares “cocas”, porque demostró una buena calidad de profesor. En esa escuela contábamos con el que, para nosotros, muy por encima de titulaciones y otras circunstancias, era igualmente nuestro maestro: Agustín, a secas y con inmenso cariño.
 
 Sí, no era su escuela por titularidad, por propiedad administrativa como se decía. Sí lo era, y ya para siempre, por su vocación, profesionalidad y, sobre todo, humanidad para el ejercicio de uno de los quehaceres más sublimes que el ser humano, en el devenir de todos los tiempos, ha ejercido y puede ejercer, como es el de enseñar a los demás y más aún cuando se trata de las primeras letras, números y escritos.
 
 Recuerdo que una mañana, precisamente cuando él, llegada la conclusión del recreo, me indicó que diese la voz de “A dentro”, yo exclamé con todas mis fuerzas: “A dentro a la escuela de don Agustín”. Inmediatamente, me indicó que no dijese eso, ya que no eras la persona a la que correspondían esas palabras.

SIEMPRE FUISTE NUESTRO MAESTRO

Agustín en años posteriores

 Hoy, una vez más, querido Agustín, al volver a dar la voz, en esta ocasión en nombre de cuantos de una u otra forma poseemos este recuerdo de ti, de que toca “el entrar una vez más a tu escuela emocional que constituimos contigo”, puedo asegurar que ni uno, absolutamente ni uno, me ha dicho que esta escuela con sus alumnos no corresponda, en todo su conjunto, a Agustín. Lógicamente, habremos pertenecido a otras escuelas y academias, a las que el ir avanzando en nuestros estudios nos ha ido llevando, pero esta a la que hago referencia, que en gran media conserva el enternecimiento de la de nuestro más preciado ayer, es toda de él, lo fue mientras vivió y lo será mientras viva uno sólo de los cientos que tuvimos la suerte de tenerle por maestro.
 
 Y lo fue suya por tantas y tan elevadas razones que, desde hace años, muchos años, jamás pudieron ni desplazarle, ni imponerle el traslado, ni quitarle la titularidad, ni siquiera jubilarle. Agustín tuvo y tendrá la titularidad de la más querida escuela que tuvimos, la que tiene una ancha, luminosa y hermosísima aula en cada uno de nuestros corazones.
 
 Sí, quisieron en un tiempo altos halcones “quitarle su palomarcico”, y quizás en buena medida lo destruyeron materialmente, pero nunca separaron de él el cariño que todos sus alumnos le profesamos. Más aún como supo afrontar la vida, venciendo a las dificultades y sabiendo sacar a su familia a adelante, bien desde el Ayuntamiento de Alhama, bien como jefe de la Policía Local de Pinos Puente, por oposición.
 
 Por encima de todo, las escuelas son, como muchos de los buenos maestros y profesores en que se han convertido tantos alumnos de Agustín, las enseñanzas que se imparten con el ejemplo de los maestros y profesores y, más aún, cuando se trata de humanidad y limpia entrega. En eso, permitirme que diga que, más que maestros, fueron, él y Manuel, “catedráticos” que efectuaron sus doctorados y las más reñidas oposiciones brillantemente, por medio de alumnos que, en no pocos casos, si no llega a ser por los esfuerzos de ellos hubiesen abandonado sus estudios tras las primeras calabazas que recibíamos en el hermoso, y solemne para nosotros, Instituto Padre Suárez.
 
 Agustín y Manuel superaron siempre con excelentes notas los ejercicios diarios de su “demostración constante de que estaban preparados para las enseñanzas que impartían”. Lo hicieron una y mil veces en el transcurso de todos aquellos años y, en cientos de ocasiones, de una forma magistral.

BUEN MAGISTERIO Y MEJORES CORAZONES

Escuelas del Paseo, incorporadas al edificio del Ayuntamiento en su última reconstrucción


 No fueron tan sólo buenos profesores, sino que tuvieron la inspiración del buenmagisterio. Como, por ejemplo, en aquella mañana de un día de Nochebuena de finales de los años cincuenta cuando, al llegar a la escuela -los que ya estudiábamos el Bachillerato-, vimos que estaba siendo utilizada para el reparto de algunos alimentos a las personas más necesitadas. Todos, con gran gozo, recibimos la noticia de que aquel día no habría clase, y él, Agustín, nos dijo que no solo nos fuésemos alegres por no tener clase sino, dentro de lo que era posible, porque algunas personas necesitadas estaban recibiendo algo de lo que en nuestras casas no solía faltar.
 
 También fueron avanzados pedagogos, teniendo siempre presente el tiempo y las circunstancias en que vivíamos, como por ejemplo cuando Manuel, de una a dos de la tarde, cuando don Juan ya se había marchado a su casa, nos organizaba en dos grupos simbolizando a Roma y a Cartago. Roma la imperial y poderosa, Cartago la valiente y luchadora. Y así, explicándonos, pregunta tras pregunta, el significado de estos símbolos históricos, dejando que cada uno fuese eligiendo el grupo que deseaba, resultaba que al final intentábamos quedar como cartagineses, a pesar de que ya nos había advertido que éstos fueron, más que derrotados por los romanos, eliminados.
 
Además de eficientes profesores, destacaron como excelentes maestros del sentimiento y de la vida que en aquellos años se nos podía intentar enseñar, verdaderos educadores como diría Antonio Gordo. Como cuando un día nos hablasteis, en esta ocasión a la par, que quien mucho duerme poco vive, cambiando rápidamente el giro de la expresión, inculcándonos que hay que estar despiertos, muy despiertos, para vivir, en todo momento y circunstancia, adecuada y justamente.
 
 Jamás olvidamos, aquello que nos repetían de que la verdad y la honradez debía de exponerse al igual que los buenos cristianos efectúan su confesión, diciendo primero los pecados más graves. Poniéndonos el ejemplo del bolsillo llena de bolas, hoy canicas, en el que había preciosas chinas y atractivas cristas junto a aquellas gordas bolas de barro, las más baratas, y resultaba que aquellas grandotas de barro eran las primeras que, en contra de todo razonamiento humano, debían salir por el agujero que tenía el bolsillo que, por cierto, a pesar del esmero y cuidado de nuestras madres, a prácticamente ninguno nos faltó en tantas ocasiones al convertir los bolsillos de nuestros pantalones cortos en unos pequeños almacenes de toda clase de objetos.
 
 Al igual que cuantos actos ofrecimos, estas palabras estoy seguro que todos queremos que sean, al iniciarse un nuevo curso, de reconocimiento a todos los buenos maestros que, a lo largo de la historia -y han sido muchos años y muchos, muchísimos, los buenos maestros-, ha tenido y tiene actualmente nuestra Alhama. Cada uno tendrá su maestro inolvidable, vaya por él y desde y por siempre.
 
 De este modo, insisto, desde la voluntad de los alumnos que ponen de manifiesto su cariño a sus maestros, dejamos para siempre testimonio de esta forma de pensar y sentir, recordando, junto con ellos, a todos esos maestros, lo que comprende también a tantísimas magnificas maestras, por supuesto. Si nos enseñasteis en alguna media esta forma de ser, es porque igualmente la habías recibido de vuestros padres y maestros. A quienes no piensan así, me permito recordarles las palabras de Fernando de Rojas cuando afirma que es miserable cosa pensar en ser maestro el que nunca supo ser discípulo.

A TODOS LOS BUENOS MAESTROS

Placa existente en el ayuntamiento en honor de todos los buenos maestros que ha tenido y tiene Alhama


 Sé que este alumno, haciendo uso del sentimiento de todos, ha vuelto a asumir el inmenso honor de entregarte los deberes, los que no están conseguidos al nivel de ellos y corresponde. Me salva, una vez más, que como excelentes personas y maestros nunca fuisteis intransigentes y sí muy comprensivos.
 
 Por mi parte, en relación a aquella “plana” que en especial me dictasteis a mí una tarde de mi niñez, teniendo diez años, cuando hacía poco tiempo que había muerto mi padre, he de decirles a los dos que sigue muy viva en mí y por lo que os daré las gracias cuando nos reencontremos los tres en la Eternidad, si es que soy merecedor a llegar a ese lugar. En aquella ocasión fui muy aplicado, observando y aprendiendo aquella lección de humanidad que, estoy seguro de ello, me impartisteis sin pretenderlo y de tal forma que jamás, nunca, en el transcurso de sesenta y tres años, he olvidado.
 
Así, querido Agustín, recordando a todos los buenos maestros que a lo largo de la historia ha tenido nuestra Alhama, se formalizó, nuestro decidido compromiso de seguir estudiando constantemente nuestra lección de compañeros y amigos, porque supisteis enseñarnos para no olvidar y no hemos olvidado, ni olvidaremos lo que vosotros y aquellos años supusieron para nosotros. Como viene a recoger la placa situada en nuestro Ayuntamiento, junto al lugar que fue el de las Escuelas del Paseo, y que, textualmente, dice:

“A los buenos maestros que ha tenido Alhama
a lo largo de su historia, recordándolos junto
a Agustín Molina y Manuel Vinuesa,
sus alumnos y amigos en agradecimiento
por su enseñanza y entrega".
Agosto, 1999.

  Reitero también, lo que te dije en la última carta que te envié, cuando andabas por este mundo, y haciéndolo textualmente también extensivo a Manolo. Queridos Agustín y Manolo: Con mi afecto hacia vuestras familias, recibid mientras viva el cariño de este alumno al que distinguisteis pronto con vuestra elevada amistad.